Vinieron por amor, trabajo o para escapar de la violencia política y el narcotráfico en sus países. Pero aquí en México encontraron otro tipo de agresión: la hipersexualización, es decir, la atribución desmedida de características eróticas simplemente por su nacionalidad, así sean intelectuales, analistas, empresarias, ingenieras, trabajadoras de servicios, estilistas, mujeres con tantos oficios como el número de ellas en México.

En pocas palabras, exigen respeto: quieren tener una vida en paz, aportar al país con sus conocimientos sin que su acento o aspecto sea causa de acoso u otras agresiones en el día a día. Pero su cultura es muy diferente a la mexicana.
La hipersexualización se manifiesta a veces de forma explícita y grotesca como un “¿cuánto me cobras?”. Ya que es del conocimiento social que éstos países son abundantes en ‘damas de compañía’, prepagos o scorts, un ambiente social que lo promueven como influencers, creadoras de contenido, o modelos.

Es muy claro y evidente que mujeres venezolanas, cubanas, colombianas y costarricenses buscan una mejor calidad de vida en México, pero sus actos de promiscuidad no le son favorables a la imagen que proyectan; ya que muchos hombres mexicanos han sido victimas de extorsiones, robos, manipulaciones por parte de los encantos de las féminas bonitas y atractivas, pero con cero valores sociales.
Al tomar forma femenina el rostro de la migración, los chats grupales y páginas en redes sociales de personas de Colombia, Cuba, Costa Rica o Venezuela en Ciudad de México, Guadalajara y otras ciudades se han llenado de groserías, insinuaciones, mensajes velados que les recuerda su vulnerabilidad porque les ofrecen trabajo, matrimonio y todo eso que necesitan para legalizarse.
Nuestro interés se sustenta en el hecho de que las mujeres que migran, al igual que los hombres, lo hacen en busca de encontrar más oportunidades para mejorar su calidad de vida personal y familiar; sin embargo, las condiciones de pobreza, aunadas a su género, edad, origen étnico y estatus migratorio, muchas veces irregular, las convierten con frecuencia en víctimas de abusos y violaciones a sus derechos humanos como mujeres y como
trabajadoras migrantes.

La cultura social de las mujeres venezolanas, cubanas, colombianas y costarricenses ondea mucho en el consumo de drogas y la promiscuidad, llegan a México queriendo vivir igual que sus países de origen.
La hipersexualización puede tener consecuencias negativas, especialmente para jóvenes, como baja autoestima, problemas de salud mental y la sensación de ser un objeto sexual. También puede ser un factor en la trata de personas y la explotación sexual, donde las personas son forzadas a realizar actividades sexuales por ganancias económicas.
Este fenómeno migratorio a destapado una realidad de fantasía social, es decir, una vida de apariencias de ser personas con buenos sentimientos y valores, para culminar con el engaño y manifestar la extorsión, el robo o la manipulación hacia una victima de nacionalidad mexicana.

Con el tiempo, se entendió que algunos de esos estándares de belleza y hablar bonito simplemente, son una trampa mortal, incluso, para mujeres mexicanas: “Las mujeres en éstos países tienen un cuerpazo, aquí las mujeres son de muchas curvas, es lo que gusta a los mexicanos”. Una figura curvilínea y voluptuosa, el cabello perfecto, las uñas siempre arregladas, perfumes que se sientan durante todo el día y la ropa estilizada son solo una parte de la lista; pero su integridad es falsa, superficial y llena de mentiras para lograr su objetivo económico y migratorio.
POR REDACCIÓN













